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Libro Singular de Venezuela
En nuestro Archivo Provincial de Emaús (en Zaragoza) hemos encontrado una obra manuscrita denominada “Libro singular de Venezuela”. Provenía, al parecer, del archivo de Tafalla. Se encontraba encerrada en una caja metálica cerrada con llave (que hubo que descerrajar, al no funcionar ya la cerradura). Es un libro lujosamente encuadernado en terciopelo rojo (bastante desgastado), con bordado de hoja de plata, con dos cierres metálicos. Consta de 675 folios numerados (recto-verso), más otros 6 de introducción. La encuadernación es correcta, y la obra, en conjunto, se encuentra en muy buen estado.
En una página al principio, escrito con otra letra y tinta, leemos:
“En el año 1880 me dio este libro mi Sr. tío el Excmo. Sr. D. Francisco María de Cortázar, y con esta fecha se lo regalo yo al dignísimo sacerdote D. Santiago Lamana, cuya amistad tanto me honra, su affmo. S.S. qbsm y capellán Álvaro Cortázar. Madrid, 10 de diciembre de 1886”.
Encontramos en internet un Don Francisco María de Cortázar solicitando reedificar una casa en 1855; probablemente se trata del donante del libro.
El colegio de Tafalla fue aceptado por los escolapios en 1883. Podemos suponer que D. Santiago Lamana lo entregaría en algún momento a los escolapios de Tafalla.
Se trata, desde luego, de un “libro singular”, que recoge la Visita General del Obispado de Caracas y Venezuela en 1771-1784. El libro como tal, según leemos al final, no fue terminado de escribir (a partir de las notas tomadas durante la Visita y después) hasta 1787, lo que da idea de la complejidad del trabajo. La diócesis de Caracas era mucho más extensa que la actual, pero no abarcaba todo el territorio de la actual Venezuela. Por el oeste se extendía hasta el lago Maracaibo, donde comenzaba la archidiócesis de Santa Fe de Bogotá; por el este hasta la provincia de Nueva Barcelona, bajo la diócesis de Puerto Rico; el río Orinoco marcaba en algunos tramos la frontera entre ambas diócesis; también el río Unare. Por el norte, el mar; por el sur, la selva, sin ninguna diócesis aún. Llegaba hasta el río Apure. En el resumen general final aparece la designación de los Vicariatos que la formaban, con sus ciudades, villas y pueblos, y la población total. Durante la visita fue creada la diócesis de Mérida de Maracaibo, que supuso una reducción aproximada del 20% de la de Caracas.
Aunque nada tiene que ver con las Escuelas Pías esta Visita, nos parece que el interés histórico de los datos que aparecen en el libro es enorme, y que vale la pena darlos a conocer a los historiadores de estos temas. Es un servicio normal de las Escuelas Pías: compartir su patrimonio cultural con las personas interesadas, pues estamos convencidos de que el conocimiento favorece el progreso y el bien.
En la transcripción de esta obra intento respetar la grafía original, aunque no ignoro que habrá muchas erratas, parte falta mía, parte obra de la “inteligencia artificial” del programa, que intenta corregir lo que considera mis errores ortográficos, adaptando las palabras a su grafía actual.
No pretendo hacer un estudio exhaustivo de la obra, pero si quiero anotar algunas observaciones puntuales que se me han ido ocurriendo mientras transcribía la obra.
• En primer lugar, la valiente decisión por parte del obispo Mariano Martí (Estadella, Tarragona, 1720-1792) de realizar personalmente una exigente visita pastoral a toda su diócesis, durante la cual varias veces estuvo gravemente enfermo. Había sido obispo de Puerto Rico (1761-1770), y pasó entonces a Caracas, donde vivió aún 22 años, mucho más que sus predecesores que murieron en el cargo (Juan García Abadiano (1738-1747); Manuel Jiménez Bretón (1748-1749); Manuel Machado y Luna (1749-1752); Francisco Julián Antolino (1752-1755); Antono Díaz Madroñero (1756-1769). Alguno de ellos hizo parte de la visita, pero normalmente por medio de un comisionado. Fue una larga y ambiciosa visita, que ocupó la mayor parte de su mandato como obispo. Pero valió la pena, porque nos permite trazar un cuadro bastante preciso de la diócesis durante aquellos años. No dudamos que los datos recogidos son de gran valor para el historiador de estos temas.
• Vemos que las jurisdicciones civil y religiosa van de la mano: se recomienda a menudo al cura que recurra al juez secular para resolver problemas de tipo estrictamente religioso (como el cumplimiento del precepto de la comunión anual); el obispo pide la autorización del gobernador para crear nuevas parroquias o edificios eclesiales nuevos; cuenta con la presencia de un representante suyo para las revisiones de cuentas.
• Frente al bajísimo nivel de escolarización de la población (suponemos que en Caracas habría alguna escuela de niños, aunque no se nombra, por no ser objeto de la visita), el obispo intenta que en todas las cabezas de partido se creen dos escuelas, una de leer y escribir, y otra de Gramática (y cuando da algunas orientaciones, notamos un gran parecido con la organización de las Escuelas Pías de España en su tiempo: quizás el obispo habría sido alumno de las mismas). El sueldo d ellos maestros, como el de los de Roma en tiempos de Calasanz, era miserable, comparado con el de los curas (hasta 8 veces mayor).
• Aunque el secretario y notario se presenta como autor del texto, se nota¨n diversas manos en el mismo: diferente caligrafía y diferente ortografía. Hay que tener en cuenta que las normas ortográficas de finales del siglo XVIII no estaban fijadas como las actuales. Hay que señalar que la caligrafía es siempre muy legible. En cuanto a los acentos, a veces los escriben graves, a veces agudos. Yo he ido unificando criterios a medida que avanzaba con la transcripción. Lo mismo puede decirse de los signos de puntuación.Se trata, en todo caso, de una ortografía “errática”.
• Alguien podría hacer el estudio arquitectónico de las iglesias y capillas de aquel tiempo, que en muchos casos era simple y pobre (como suponemos lo serían las casas de la mayoría de los habitantes).
• En el texto aparecen muchas recomendaciones de tratar bien a los indios, a lo que los misioneros trataban de “reducir” de su hábitat salvaje a poblaciones ya existentes, o creadas exprofeso. Gozaban de una serie de privilegios (bodas, entierros…) que no tenía el resto de los habitantes. A cambio tenían la obligación de llevar a sus hijos e hijas a la Doctrina Cristiana, dos horas diarias, en la que, sin duda, además de la enseñanza religiosa aprendían el español. Además, los adultos debían acudir los domingos, además de a la misa, a la doctrina. Repetidas veces pide el visitador a los curas que traten con dulzura a los indios. Pero no todos los indios estaban integrados: se habla también de “naciones bárbaras de indios”
• Hay un importante número de esclavos: en ocasiones supera al 50% de la población de un lugar. Son los que trabajan las haciendas de cacao y caña de azúcar. A sus dueños se recomienda que los traten bien, especialmente cuando estén enfermos o sean ancianos, y que los vistan decentemente para acudir a misa los domingos.
• Hay una gran mezcla étnica en la población. Además de los “españoles” (minoría) hay mestizos, indios, negros (libres), zambos, y muy numerosos “pardos” (mezcla de varias razas).
• El visitador es muy exigente con las cuentas: quiere que todo cuadre, y da instrucciones muy precisas sobre el uso del dinero. Los capitales (como en Europa) estaban colocados en “censos”, que producían uniformemente un 5% de interés anual, con el que se mantenían normalmente las cofradías, y las “Fábricas” o entidades parroquiales, no los curas. Estos recibían su sueldo de los diezmos, allí donde se cobraban, y en las “doctrinas” y “misiones” de indios de las Cajas Reales, pero no siempre ni uniformemente. Cuando los pobladores pedían la erección de una parroquia nueva al obispo, este les exigía que pagaran de manera prorrateada el salario del cura, y el coste de la “oblata” (vino, hostias, cera para la misa), y dos tercios del costo de la construcción de la iglesia; las Cajas Reales debían pagar el otro tercio.
• Se nota la desaparición de los libros parroquiales más antiguos, normalmente quemados en incendios; en otras ocasiones, devorados por la polilla. El visitador da instrucciones muy precisas sobre el cuidado de estos libros, y cómo anotar en ellos las diversas partidas (bautismos, confirmaciones, casamientos, entierros, disposiciones para el gobierno).
• Las distancias entre los pueblos son a veces enormes; se comprende las dificultades de los viajes, a veces complicados por las crecidas de los ríos, o por las serranías “intransitables”. Las poblaciones se establecen, lógicamente, en los valles y llanuras fáciles de cultivar, o junto al mar o lagos.
• Reflejo de la sociedad española de su tiempo, las cofradías constan de dos o tres categorías de miembros, según lo que pueden pagar, con derechos diferentes.
• Se nota una gran preocupación por los excesos cometidos, por una parte, por el consumo de guarapo (ron), que ocasionaba muchas borracheras, especialmente entre los indios; por el otro, por todo tipo de reuniones festivas diurnas y nocturnas de hombres y mujeres, que se entregaban al baile y otros excesos, a veces con excusa de rezar el rosario o venerar un santo por la noche; también con ocasión de velar a párvulos difuntos (una manera, tal vez, de consolar a los padres, el festín que se armaba). Lo mismo con respecto a las comedías, allí donde se representaban: eran un ataque a la moralidad. En algún lugar (Trujillo) ya había corridas de toros.
• Se puede hacer un estudio de la devoción popular, viendo los nombres de las poblaciones y los altares de las iglesias. Se perciben muchos dedicados a la Virgen de Candelaria, índice de la abundancia de canarios emigrados; pero la dedicación más abundante de altares es a las Benditas Ánimas. Varias veces se leen historias de apariciones de imágenes milagrosas de la Virgen, veneradas con gran devoción (como muchas otras en España siglos antes).
• Se nota una gran diferencia de sueldos entre unos curas y otros. Y entre el de los misioneros (mucho más bajo) y el de los diocesanos. Es admirable la labor de los misioneros capuchinos andaluces, que se dedicaban a crear una misión reuniendo a los indios de los alrededores, y unos años más tarde, cuando todo estaba organizado, la entregaban al obispo para que erigiera una parroquia, y ellos marchaban a otro lugar más remoto, a recomenzar su tarea.
• No encuentran dificultad para nombrar párrocos para los nuevos curatos que se iban erigiendo. El obispo los ordenaba cuando habían conseguido (siguiendo las Leyes de Indias, y de la Iglesia) el beneficio del curato.
• Algunos territorios eran particularmente “enfermizos”, afectados de diversas fiebres, de las que murieron algunos acompañantes del obispo, y él enfermó varias veces.
• Llama la atención el extraordinariamente alto número de confirmaciones realizadas durante la visita, que en ocasiones superaba al de habitantes, porque venían de otros lugares. Se comprende, porque por muchos lugares nunca había pasado un obispo, y había que aprovechar, confirmando a todo el mundo.
• Todas las poblaciones se denominan con el nombre de un santo patrón, al que se añade luego el del lugar.
• Exceptuando las ciudades y villas, la mayor parte de la población vivía en el campo, en sus fincas, con sus esclavos.
• Existe bastante sensibilidad sobre la creación de hospitales en las cabezas de partido, aunque el número de camas existentes era limitado (por falta de recursos).
• No en todas iglesias se guardaba el Santísimo en un altar, posiblemente por falta de presupuesto para mantener una lámpara de aceite encendida todo el tiempo.
• Es un tiempo de expansión de la diócesis, especialmente hacia el sur, con la creación de numerosas parroquias nuevas. Por las revisiones de cuentas, da la impresión de que los curas cambiaban a menudo de parroquia: tal vez buscaban las mejor dotadas.
… Y muchas más cosas curiosas que encontrará el lector que se adentre en estas páginas. Esperamos que nuestro trabajo resulte de alguna utilidad.
José P. Burgués Sch.P.
José P. Burgués
Libro singular de Venezuela
D. MARIANO MARTÌ